Eres un adiós de los más dolorosos que he tenido que decir


En el verano de 2013, mientras transcurrían las vacaciones laborales, yo permanecíen mi departamento. No tenía un perrito propio, pero sí muchos a quienes atendía, porque vivían en la privada de departamentos donde yo me encontraba.
Hacía demasiado calor y muchos perros acudieron al sitio, al acecho de una perrita a quien llamamos Canuta, que por mínimo procreaba dos veces al año. Durante sus faces de apareamiento, lidiábamos con el ir y venir de muchos perros que luchaban entre ellos por ser los agraciados. Un día de aquel verano, entre tanto alboroto, apareció un pequeño perro que se instaló sigiloso a la puerta de la privada muy cercana a mi departamento.
Llamó mi atención que no se involucró en el apareamiento de la famosa Canuta, pero con solo su presencia logró desterrar la manada de perros que la acosaban. Parecía no tener interés en ser el afortunado, pero después entendí que se encontraba lastimado de una pata trasera y muy probablemente esta fue la causa de su desinterés.
Yo decidí ignorar su presencia en primer instancia, porque ya había muchos perritos nietos de la Canuta, a quienes tenía que buscarles hogar de adopción, y también porque le cuidaba un bebé que sufría de una seria infección en la garganta que requería atención.
El pequeño visitante, resultó ser muy persistente, pues aunque yo intentaba ignorarlo, era inevitable darle comida y agua cuando salía a alimentar a todos los demás. Estaba muy sucio, greñudo y muy serio. Daniel estaba de vacaciones con sus hijos fuera de la ciudad y seguramente no aprobaría un perrito más que atender, igual que Jesús, otro vecino más que también estaba de vacaciones, pues entre todos nos hacíamos cargo de los hijos y nietos de la canuta.
Al pasar de los días, el visitante se fue acercando más, no molestaba, no daba problemas, desterró a todos los pretendientes de la Canuta, y fue muy persistente el intento de formar parte de mi vida, o quizá así quise entenderlo yo. Finalmente logró su cometido, aunque aún no estaba muy segura de lo que haría con él, su constancia a pesar del inclemente clima de verano, me hacía inclinarme a adoptarlo. Qué lejos estaba de entender que quien me adoptó fue él.
Así fue, me eligió, fue obstinado, y logró robarme el corazón, aún cuando yo pensé en tenerlo solo mientras le encontraba un hogar de adopción. Confieso que no me esmeré en buscarle otro sitio para vivir, pues al verlo bañado, lucía hermoso. Descubrí que tenía un golpe en su pata trasera y quizá fue la razón por la que dejó su hogar. Tal vez sufrió un golpe y, desorientado llegó conmigo, pero lo que realmente sucedió y a quién pertenecía, nunca lo supe y, francamente, no quise saberlo.
El visitante me robó entera el día que descubrí que evitaba mi ausencia, cuando salíamos a trabajar o a cualquier sitio, correteaba el auto, no para ir con nosotros, en verdad se empeñaba para evitar que yo me fuera, mordía las llantas del auto, se metía entre ellas sin importarle el riesgo ni la distancia recorrida, corría con tantas fuerzas para evitar que siguiera mi curso y regresara con él a casa. Esto era todos los días, todas las veces que intentaba salir, hasta que comprendí que antes de partir tenía que entablar una lucha para dejarlo dentro de casa. Así pasó de ser el visitante para convertirse en mi inquilino. Le llamábamos «Tu inquilino» y como apodo, «Tuinqui», pero me robó el alma entera y entonces lo llamé “Twinky”. Se convirtió en mi compañero de vida, en la salud y en la enfermedad, en las buenas y en las malas, en todo momento leal, fiel y obediente. Sorprendentemente obediente, un compañerito que jamás me causó algún deterioro dentro ni fuera de casa, audaz, perspicaz, valiente, macho alfa, de mira dominante, juguetón, guardián inigualable. Me acompañó siempre y llegó a salvarme la vida, hacía de todo por complacerme y por mi bienestar. Muy inteligente.
Pronto Twinky se atribuyó tareas sin que yo se lo enseñara, y así fungió como mi co-terapeuta. Recibía a mis pacientes, los guiaba hacia el consultorio, permanecía y hasta participaba en las terapias, y se hizo querer por muchas personas. Las parejas dejaban de discutir sus problemas y comenzaban a discutir por quién tendría a Twinky consigo durante la terapia. Después los despedía hasta su auto y, cuando volvían, los reconocía apenas escuchaba el motor de sus carros o sus voces. Corría a la puerta y los recibía saludándolos.
Fue genial contar con un asistente en mi trabajo como co-terapeuta, uno que jamás fue temido ni rechazado, por el contrario, fue aclamado cuando no lo veían.

En tiempos de enfermedad, cuando más mal estuve, Twinky permanecía junto a mí. Ha sido el perrito más grandioso que he tenido. Quien lo conoció sabe que es todo un personaje canino, y alguna aventura con él, quizá tendrán para contar.
Fui mi leal compañero y, tristemente, lo di en adopción. Todavía me duele recordarlo. Yo dejé la ciudad por motivos de salud y al sitio donde fui no podía llevarlo.
Twinky es una separación muy dolorosa en mi vida. Gracias a Dios por poner a Twinky en mi camino.





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