
Finalmente, en febrero de 1987 me contrataron en la Escuela de Ciencias de la Educación de la UABC. La primera asignatura que impartí fue en la licenciatura de Educación. Yo era muy joven, y el primer grupo de alumnos que me asignaron se conformaba de jóvenes adultos incluso más grandes que y todos eran varones.
Para una joven que comenzaba así su experiencia laboral en la universidad, el tener como alumnos jóvenes más adultos y todos hombres, es una situación algo intimidante, sobretodo cuando no se conoce a nadie que ofrezca orientación sobre usos y costumbres en ambientes académicos.
Aprender a enseñar no solo significa saber compartir lo que se sabe, En la interacción profesor alumno, no solo entran en juegos los conocimientos, el establecer relaciones cordiales sin perder la autoridad y el respeto, es una cuestión inherente a la práctica docente donde la relación complementaria debe prevalecer. Estos son aprendizajes que solo con la experiencia y con el tiempo se adquieren, pero en mi opinión, siempre debemos mantener los límites muy claros.
Aquella tarde descubrí que debía comportarme con cordialidad pero seria y segura, pues aún recuerdo la primer anécdota que guarde para contar en la posteridad.
Me presenté y me senté entre mis estudiantes con los mesas-bancos dispuestos en círculo para romper el hielo. Ellos también se presentaron y yo me aprendí los nombres de todos en ese momento. De pronto, un hombre apareció en la puerta del aula y mientras se dirigía al escritorio dijo: “Buenas tardes, yo seré su profesor”. Todos quedamos atónitos, sentí la presión de todas las miradas puestas en mí como esperando que yo me pronunciara.
Entonces un estudiante dijo: “Ella es una alumna nueva y acaba de hacer una novatada”. Acto seguido, todos se rieron. Yo, evidentemente nerviosa, me puse de pie para hablar y el profesor me dijo: “Señorita, se sienta, por favor“. Por supuesto que no lo hice, le respondí que yo necesitaba hablar con él afuera del salón de clase en aceptó y ambos salimos.
Entonces, le expliqué que yo era la profesora y él me insistió que era su grupo, los dos nos fuimos a la dirección para aclarar la confusión, por un momento pensé que cuando por fin había logrado integrarme a trabajar en la universidad, terminaría fuera por error de alguien.
Afortunadamente, todo se aclaró a mi favor, el profesor tenía otra materia asignada, al volver al salón, todos los alumnos esperaban inquietos y al verme entrar aplaudieron, era obvio que siendo todos hombres, preferían a la jovencita profesora, me sentí ruborizada. Así fue el inicio de una larga carrera como docente en educación superior.
Un año después me integraron a la planta docente de tiempo completo en la carrera de Psicología.
Considero de gran valor la oportunidad que tuve de adquirir y compartir mi experiencia frente a tantos grupos. Durante los siguientes 30 años impartí asignaturas, cursos y talleres dirigidos a estudiantes de licenciatura y posgrado y fui por mucho tiempo, instructora en el programa en formación y actualización al personal docente, directivo y administrativo de la universidad.
Algunos años después estudié una especialidad en docencia.
