La Tormenta antes de la calma

En Enero de 1984, viví una etapa muy difícil, sin trabajo, considero que esta experiencia amerita ser documentada, porque significó un periodo gris, pero muy edificante, porque aprendí lo que significa verdaderamente ser independiente y responsable de la propia vida y quizá este aprendizaje sirva a otros que van comenzando la carrera más importante; la de forjarse la clase de vida que quieren tener.

Renté un pequeño departamento en el centro de la ciudad, y administré mi capital, para poder pagar la renta hasta finales del mes de enero de 1984, pero cubría la renta de febrero, no contaba con nada más, lo que seguiría de mi vida en Mexicali, dependía de que y o pudiera encontrar trabajo. Cuando digo que no tenía nada más, me refiero literalmente al hecho de no contar con nada más; no tenía dinero para comer, para transportarme, para comprar solicitudes de trabajo, para sacar copia de mis documentos y mi precario curriculum profesional; no tenía a nadie que me diera contención, no había más, papá ni mamá que me cobijaran, ellos estaban siguiendo sus vidas y responsabilidades en Guadalajara, y mis hermanos seguían allá con ellos, forjándose también sus propios caminos. Ya no vivía con la familia que tan gentilmente me recibió en septiembre de 1983, no tenía opciones para trabajar, y la opción de matrimonio que tuve en agosto en Guadalajara, esa tampoco ya existía, yo había elegido forjarme un camino que me permitiera ejercer mi profesión, ser independiente y sobretodo mi prioridad fue convertirme en una persona autosuficiente capaz de cubrir mis necesidades básicas. Yo había hecho ya una elección.

Mi elección significó el comienzo de un largo y arduo camino que debía andar sola, y para ello necesitaba conseguir un trabajo y aprender a conciliarme con la soledad.

Con apenas 23 años y gracias a las enseñanzas de mis padres de luchar por lo que se quiere en la vida, descubrí que en Mexicali, no se conocían las funciones de un psicólogo en los diversos ámbitos, no hubo un solo día que yo no emprendiera una acción para encontrar trabajo. Entonces se contaba principalmente con la sección de clasificados de los periódicos y jamás encontré una sola vacante para psicólogos. Caminaba todos los días recorriendo bancos, empresas, instituciones educativas, etc. y tratando de concertar entrevistas.

En Guadalajara, el problema era el alto índice de egresados de cuatro universidades cada seis meses, mientras que en todo el estado de Baja California, sólo habían 149 psicólogos y yo fui la número 150, según datos aportados por la dirección de registro de profesionistas que emite las licencias para ejercer en el Estado.

En mi contra también tenía, que yo apenas era pasante, pues estaba haciendo mi tesis para obtener el título y eso en ciertos lugares sería una limitante. Por si fuera poco, me di cuenta que yo cometía un grave error al dirigirme a las instancias de recursos humanos para ofrecer mis servicios, sobre todo en el ámbito de las organizaciones, prácticamente me entrevistaban personas que ocupaban el puesto al que yo aspiraba, aunque estas no fueran profesionales de la psicología, jamás tomarían en cuenta mi solicitud de trabajo ni me llamarían para trabajar.

Quizá la tormenta en la que sentí encontrarme era peor de lo que yo me imaginaba, pues pasaban los días y sin tener dinero para comer, me di cuenta que eso era una violeta tempestad. Me sentí deprimida, me cuestioné si había hecho bien en dejar Guadalajara, si debí aceptar la propuesta de matrimonio y olvidarme de ejercer mi carrera, llegué a sentirme al borde del abismo.

Yo contaba con estudios técnicos de contabilidad, estaba preparada para desempeñarme como secretaria, auxiliar contable, y también tenía el grado de instructora de arte, lo que significaba que podía trabajar también como profesora de danza, música y teatro, pero estas cuestiones artísticas y culturales, eran en la década de los ochenta, muy escasas en Mexicali B.C. Lo cierto es que yo me había prometido a mí misma que una vez concluidos mis estudios de psicología, no trabajaría jamás de ninguna otra cosa que no fuera mi profesión.

Dicen los que saben que «el fin justifica los medios», pero yo ya había trabajado en esos ámbitos para pagar mis estudios de psicóloga, y no estaba dispuesta a trabajar en nada que no fuera mi profesión. Esta es la parte obstinada, necia, obcecada o siendo indulgente conmigo misma, digamos que soy de la clase de personas «Perseverante, pues aprendí a luchar convencida que tarde o temprano el que persevera alcanza; pero, hasta donde uno debe ser insistente? cuál es el límite? yo estaba pasando hambre, caminaba muchísimo porque no podía pagar un transporte, tenía que asegurar el pago de un mes más de renta y no contaba con alguien que pudiese ayudarme, y así me mantuve aferrada a la condición que yo sola me impuse.

Admito que estuve a punto de abandonar la batalla, había agotado todas las alternativas a las que en mi condición podía aspirar; de esta fase de tempestad que viví, recuerdo en particular algunos hechos:

  • Una bondadosa mujer me enseñó y me permitió ayudarle a hacer tamales a cambio podía cenar con ella
  • Realicé unas descripciones acerca de las funciones del psicólogo en los diversos ámbitos laborales, que entregué adjunto a mi curriculum para dar a conocer todo lo que podía hacer un profesional de la psicología en los distintos campos laborales.
  • Era el mes de enero del año 1984 y me programaron una cita con el director general del departamento académico del Colegio de Bachilleres, para el mes de mayo, así que decidí ir a su oficina todos los días a muy temprana hora para que al llegar a su trabajo me viera, y así mi cara no se le olvidaría llegado el mes de mayo, esta ocurrencia aún me hace reír, puesto que caminaba todos los días bastante para llegar a su oficina, permanecía senta ahí junto a su puerta solo para darles los buenos días, pues en medio de mi angustia, se me ocurrió que cuando llegara el día de mi entrevista me asociaría con la joven de la mañanera y entendería el porqué conseguir trabajo era tan importante para mí.

Se llegó el mes de febrero y yo seguía en la misma situación, comencé seriamente a pensar que la decisión de realizar mi tesis en Mexicali, no había sido tan atinada, pero cuán cierto es que la vida nos sorprende, la vida no es fácil, a veces tenemos que pasar pruebas muy duras que terminan forjando nuestra entereza y madurez. En medio de la tormenta un rayo de sol apareció y justamente el 6 de febrero de ese inolvidable 1984, me buscaron del Colegio de Bachilleres para ofrecerme una plaza como Psicóloga Orientadora escolar en un plantel ubicado en el Valle, el Plantel Guadalupe Victoria. En un ejido a casi 1 hora de distancia de la ciudad lo cual implicó trasladarme diariamente en autobús a muy temprana hora del día para alcanzar a llegar a las 7:00 de la mañana que era mi hora de entrada; con todo y esa adversidad que se vislumbraba, yo estaba feliz, por fin había encontrado trabajo.

Aún ahora me pregunto, cuál de todas mis estrategias me llevaron a tan feliz resultado; pero honestamente eso ya no tenía importancia, yo había sido contratada cómo psicóloga y ahora tenía que averiguar cómo me trasladaría todos los días de la ciudad al valle.

Vale mencionar que fui contratada para trabajar muy cerca del ejido a donde llegué a vivir, justo de donde viajaba del valle a la ciudad para trabajar durante mis primeros tres meses viviendo en la tierra cachanilla, era la ironía de la vida que apenas estaba descubriendo, pero hoy estoy convencida que fue lo mejor para mi.

Publicado por

Avatar de Desconocido

Dra. María Teresa Bermúdez Ferreiro

Siempre me ha maravillado la misteriosa manera en que las vidas se entrecruzan en los caminos. Me gusta reconocer las lecciones que dejan todos los encuentros y desencuentros, porque en ellos, radica el valor de aprender a vivir.