
El 50 aniversario de la fundación del Centro de Educación Artística (CEDART), es la ocasión para reflexionar y navegar en mis pensamientos hasta llegar a mis recuerdos de cinco décadas atrás.
Orgullosamente soy alumna egresada de la primera generación de bachillerato de arte y de la especialidad en danza folclórica y contemporánea, “Clase 1979” con formación pedagógica (1980)
Decir lo anterior no es lo mismo que decir:
Fui alumna de la primera generación del CEDART cursando el Bachillerato y la especialidad en danza folclórica y contemporánea de 1976 a 1979 y después cursé un año de extensión pedagógica (1980).
Y no es lo mismo, porque en el primer enunciado, me describo en el presente, es decir, medio siglo después mientras que, en el segundo, me ubico, en el pasado, en esos años de mocedades entre 1976 y 1980.
He querido hacer esta distinción, porque hoy celebramos lo vivido en esos años mozos, entre nuestra infancia y la madurez. Esos años que yo viví con cierta incertidumbre y sin embargo, fui muy feliz.
Me refiero a la incertidumbre que experimenté ante el hecho de ser miembro de la primera generación ya que yo llegué de una secundaria donde también fui parte de la primera generación y había experimentado la incertidumbre de no saber si la secundaria tendría continuidad o la quitarían. Ser parte de la primera generación tiene sus pros y sus contras. Entonces yo no podía saber que por los cuarenta siguientes años, yo sería la primera en o la primera de algo y menos sabía si se trataría de una especie de karma o de un privilegio, lo que sí sé, es que en mi tiempo en CEDART fui muy feliz, viviendo en la incertidumbre
La incertidumbre es comprensible, ya que por primera vez se formalizó el estudio del arte al entrar en un proceso profesionalización y escolarización en educación media básica y media superior. Entiendo que como proyecto este debería
pasar por evaluación de sus resultados, pero hasta donde sé, eso debe hacerse hasta los cinco años después de egresada la primera generación; sin embargo nosotros pasamos por la intención oficial de clausurar los CEDART, por esto, mi gratitud es para los profesores y alumnos que creyeron y lucharon a favor de su continuidad, pues seguro que incidieron y lo lograron, y gracias a eso estamos celebrándolo medio siglo después.
Hoy, año 2026, recreo en mi mente la imagen que conservo de CEDART entre 1976 y 1979 y me encuentro con aquellos momentos que se congelaron en mi mente, esos momentos únicos, cotidianos, frecuentes, diferentes, comunes propios y peculiares, los momentos tan esperados en esa época y etapa y tan absurdos quizá por lo creativos, genuinos y naturales. Vienen a mi mente todos esos momentos que hoy radican en el rincón de la nostalgia y que seguramente no hubieran ocurrido en otro tipo de preparatoria.
Quizá estas escenas no tengan nada de excepcionales, porque forman parte del paisaje cotidiano en un centro de educación artística, pero resulta que junto al salón de piano están aplicando un examen de matemáticas y mientras en el centro del patio se encuentran el profesor de danza y la maestra de teatro tratando de decidir quién colocará las marcas en el escenario y quién asistirá al técnico de sonido en la puesta en escena de la próxima muestra de arte que se montará por el fin de ciclo escolar, y justo ahí, junto a ellos, veo pasar a un compañero caminando como zombie, repitiendo en voz alta las características de las principales escuelas filosóficas, porque en una hora más presentará examen oral.
En esta mi imagen de CEDART miro un pequeño grupo de alumnos en un rincón del gran patio, ensayando una pieza musical en flauta; al lado opuesto se encuentran dos jovencistas ensayando el “pa-co-ti-pa” del zapateado; si levantas la mirada, verás una ventana abierta y si escuchas con atención, apreciarás la repetición poco armoniosa de quien practica una lección de piano; ahí cercano al baño, un grupo de alumnos intenta pintar una manta para una escenografía de una obra de teatro; y en el salón del fondo se encuentran cuatro bastidores con un boceto muy tenue en cada uno, listos para servir de tela para el próximo examen de pintura.
Estas son las imágenes del CEDART que conservó en mi mente y mi corazón, imágenes en donde la danza, el teatro, las matemáticas, la filosofía, la música, las artes plásticas el inglés, las ciencias sociales y la literatura, conviven en armonía, porque todas tienen la misma importancia.
Eso es un bachillerato de arte, y esto fue para mí, estudiar en CEDART, mientras mi adolescencia quedaba atrás dando paso a la juventud, aprendiendo sobre responsabilidad, compromiso, producción creativa y desafíos personales, descubriendo mis talentos y reconociendo mis limitaciones y mientras todo ocurría, yo disfrutaba de lo que medio siglo después hoy estamos celebrando.
Anécdotas, como cuando nuestras compañeras de teatro 🎭 contrataban una hora de marimba para evitar que se aplicara un examen ya programado.
Y aquel memorable día en que por vez primera, hombres y mujeres debimos ponernos leotardo y caminar en círculos en el salón de danza con nuestras caritas adolescentes ruborizadas y el pudor a flor de piel.
Cuando reflexiono al respecto, va mi reconocimiento para nuestro profesor César Delgado Martínez, porque siendo él todavía muy joven, supo bien cómo conducirnos, en una etapa en la que queríamos mostrar madurez cuando muchos de nosotros todavía lidiábamos con las implicaciones de los cambios físicos, hormonales y fisiológicos propios de la adolescencia, pero en CEDART muy pronto aprendimos del respeto, la aceptación, el compromiso, el reconocimiento, la autoaceptación y la responsabilidad.
En CEDART la inseguridad, la timidez, la vergüenza, los miedos, los sentimientos de minusvália se superaron.
A CEDART, los alumnos de la primera generación, llegamos no por elección sino como opción, y mi caso es un ejemplo. Yo cursé la secundaria en el sistema tecnológico federal, en las preparatorias del estado difícilmente otorgaban espacios para el ingreso de estudiantes que no cursaban en las escuelas estatales.
Busqué opciones porque yo quería seguir estudiando, no concebía la idea perder tiempo intentando el ingreso a la preparatoria del Estado. Convoqué en el CERETI y fui admitida, pero el primer día de clases se lanzaron a huelga. Comenzaba a ver mi panorama muy oscuro cuando mi padre encontró en algún sitio la información del CEDART y me acompañó para conocer de qué se trataba. Por fortuna, aún no iniciaban las clases y me inscribí. Cierto que ingresé porque resultó ser una opción, pero cuando yo conocí el plan de estudios, me sentí encantada. Siempre me incliné por el arte, la danza, la música y el teatro.
Han transcurrido cincuenta años, y me atrevo a decir que quienes egresamos no en la primera generación no lo hemos lamentado.
En CEDART, viví bellos e importantes momentos, de ellos, conservo en mi corazón ♥️ el grato recuerdo de mi amor de juventud.
Hoy, medio siglo después, aprovechó este espacio para compartir por primera vez una de las últimas experiencias que viví en CEDART, la que sin duda definió el resto de mi vida, pero para que sea comprendida, primero debo hacer una confesión que en muy contadas ocasiones he compartido
Resulta que durante los cuatro años que estudié arte, la pintura fue mi talón de Aquiles, es decir que no cuento con el talento para dibujar ni los trazos más básicos, pero no diré cómo fue que acredité artes plásticas, eso lo dejo a la imaginación.
Cuando concluimos el año de extensión pedagógica nos reunieron para comunicarnos que presentaríamos un examen final el cual consistía preparar y presentar una producción artística que nos sería asignada al azar.
Había un recipiente con papelitos doblados y en ellos estaban escritas las indicaciones. A partir de ese momento tuvimos un mes para prepararnos y presentarnos al examen
Saqué mi papelito y lo leí, en el estaba escrito. Realizar un dibujo de una mujer y un hombre desnudos contando con modelos en tiempo real para su imitación.
Quedé en Shock, sin poder hablar y quizá hasta sin respirar, de las cuatro áreas del arte, me tenía que tocar artes plásticas, yo dibujaré? No es que simplemente no, miles de cosas me pasaron por la mente, ya no hablé con nadie, no podía asimilarlo.
De pronto recordé que el profesor Luciano de música aún estaba en la escuela y yo sabía que además, el es psicólogo, lo busqué, lo encontré y sin imaginarlo, ese momento definió mi vida, llegué con él conteniendo el llanto, un paso siguiente, me recuerdo llorando frente a él, sentí que me otorgó permiso para llorar porque ya no hice ningún esfuerzo por contenerme.
Llegué en crisis a su salón, afortunadamente ya no había clases, logré explicarle mi situación y como me sentía.
Yo jamás me había encontrado con un profesional de la psicología. Y lo que es más, mi contacto con el profesor Luciano en su rol de psicólogo fue también el primero como primera fue la ocasión en que tuve consciencia de la psicología como ciencia científica.
El me escuchó e hizo magia, decidió trabajar conmigo hasta que todo terminara. Luego, ya más tranquila, él me dejó una tarea. Me pidió que consiguiera una pequeña libreta 📓 y en ella dibujara las figuras de cuerpos humanos al desnudo, hombre y mujer, aplicando las técnicas que había aprendido. Y a partir de ese momento hasta el día de mi examen tendría que dibujar y dibujar y dibujar, en mi libreta, en las servilletas, en los boletos de camión, en todos los papelitos que encontrara cerca de mí. Yo tenía que dibujar, dibujar, y dibujar figuras de hombre y mujer al desnudo. No había tiempo para llorar más, tenía que dibujar, dibujar para aprender.
Francamente nunca estuve segura de que funcionaría, no me imaginaba lograr en un mes lo que no logré en cuatro años.
Decidí hacerlo, después de todo no tenía, nada más que perder, y posiblemente ayudaría.
Durante un mes hice la tarea, y estuve en consulta con mi profesor una vez por semana para revisar mis avances; aún conservo la imagen de mi mamá, intentando asimilar de qué clase tarea se trataba. ☺️
Esta experiencia definió el resto de mi vida, yo pasé mi examen, concluí mis estudios en arte integral, y lo más maravilloso, fue descubrir en la psicología mi vocación.
Así fue que yo decidí ser psicóloga y hoy medio siglo después, he ejercido la psicología por 43 años, y he conservado en mi corazón y mi mente, el grato recuerdo de mi profesor Luciano, del CEDART-Guadalajara.
Quizá pude continuar mis estudios de danza a nivel profesional, pero mi experiencia con mi colega Luciano me condujo hacia un campo de desarrollo profesional grandioso. Yo lo diría mejor si lo expreso de la siguiente manera:
No me imagino ser yo, sin haber estudiado psicología.
Desde entonces estuve absolutamente convencida de querer ser psicóloga: estudiar y obtener el grado fue un proceso muy difícil y doloroso, pero hoy, casi medio siglo después, puedo decir que valió la pena.
Para pagar mis estudios universitarios trabajé como profesora de Educación Artística, en escuelas primarias públicas, y así tuve la oportunidad de vivir la lamentable condición en la que la educación artística se encontraba, absolutamente subvalorada en nuestra sociedad.
En 1983, dejé Guadalajara, y me fui a vivir a un lugar donde todo parecía muy primitivo, y ahí mismo me sentí muy desilusionada al descubrir que el arte en general, era muy elitista más allá de Bellas Artes, y la casa de la cultura, que funcionaban muy básicamente, no se encontraban más opciones ni para producir ni para disfrutar del arte. Jamás he podido olvidar que por una extraña razón que aún no logro comprender, se montó una exhibición de la obra de Rufino Tamayo en la casa de la cultura, por supuesto que yo no me la iba a perder, pero salí francamente afectada de ahí, pues cuando fui a firmar el libro de visitas, lo encontré dañado, rayado y los comentarios escritos, con groserías muy fuertes dirigidas al pintor y a su obra. Yo no daba crédito a lo que vi en ese libro, juro que quise ir directamente a la central de autobuses para regresarme a Guadalajara, sentí pena ajena y pensé que el pintor jamás debería leer eso y en cuán largo sería el camino por andar para que el arte sea realmente apreciado.
Una vez establecida en un trabajo, tuve oportunidad de integrar el primer grupo de danza folclórica que representaría a una preparatoria rural, y con todo y lo difícil que resultó superar los prejuicios relacionados con el hecho de que los hombres se interesaban en ser bailarines logramos que el grupo se estableciera oficialmente.
Tuvieron que pasar muchísimos años para que la situación de las artes cambiaran, fue hasta el año 2005, que se estableció el CEART, en la región y se dio impulso a la educación artística y cultural.
Para finalizar, quiero concluir, dirigiendo a mis compañeros de generación, un saludo siempre afectuoso, agradecida con la vida por haber tenido la oportunidad de reencontrarme con ellos, casi 50 años después, verlos de nuevo, saber de ustedes me confirmó que mis años en CEDART fueron de los más hermosos que he vivido, hay algo que ni el tiempo ni la distancia han podido borrar, y son justamente esos años del juventud compartidos e y disfrutando en CEDART, mientras nos formábamos como instructores de arte integral.
Aquel encuentro que inició el 13 de octubre de 1976, vio surgir un proyecto de formación artística al que quizá nunca antes habíamos aspirado, pero muy pronto lo hicimos nuestro, y por eso lo defendimos; y para 1980, nos convertimos en la primera generación de alumnos y egresados como instructores de arte integral, con estudios de bachillerato concluidos, del CEDART-Guadalajara. Y hoy, a distancia de medio siglo después, vivimos para contarlo.🎉
Un fuerte abrazo y mi eterna gratitud para todos mis profesores y compañeros por formar parte de esta grandiosa experiencia.
Hasta Siempre
Tere Bermúdez
13 octubre 2026



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